lunes, 19 de enero de 2009

Me quiere, no me quiere

Desde hace tiempo me pregunto si llegada una determinada edad o un determinado momento de desilusiones amorosas encadenadas, conocer a alguien y elegirlo como pareja es necesariamente sinónimo de sentir las famosas “mariposas” en el estómago. Me pregunto si llevarse bien, tener gustos parecidos, divertirse en salidas esporádicas y sentir afecto profundo, en algún punto no vale más que un botánico repleto de mariposas silvestres, porque, a ver, todos sabemos bien que las mariposas viven poco tiempo y que en algún momento, inexorablemente, serán desplazadas por la rutina de un cariño constante. ¿Y por qué no, entonces, empezar por ahí? Digo, ¿por qué no elegir una pareja en base a una gran estima? ¿Por qué ese sentimiento no alcanza? Si nos llevamos bien y disfrutamos de la compañía, ¿por qué necesitamos el eterno ritual de sufrir por amor? ¿No es mejor alguien que nos quiere mucho y con quien nos llevamos bien que seguir en la búsqueda interminable de alguien que nos revolucione las tripas porque no llama, porque nos engaña, porque mira a otras mujeres por la calle, porque prefiere salir con sus amigos a vernos, etc., etc.? ¿Es mejor morir solo porque nunca encontramos a nuestra “media naranja” que junto a alguien por el que nunca sentimos las famosas mariposas? ¿Acaso no son más duraderas las amistades entrañables que los amores de verano? ¿Acaso los matrimonios de tantos años no se rigen sobre una estructura básica de cariño sincero? ¿Y por qué no, entonces, elegir un cariño sincero desde el vamos? ¿Por qué es necesario enamorarse apasionadamente primero para poder vivir en pareja y ser feliz?
Todo esto y más rondó mi cabeza ayer, cuando sufrí una sobredosis de realidad que, de tanto en tanto, me hace reflexionar. Ayer realmente sentí el golpe de la tarde solitaria, el cansancio del paso del tiempo, la cama vacía, las desilusiones en malón. Ayer me sentí muy, muy sola.